Antaño el grano de trigo... de ese “pan nuestro de cada día”... era procesado por aquellas viejas y pesadas moliendas que movidas por la fuerza del río desmenuzaban el grano.

 

El puente sostiene el tránsito sobre el río. Metal gastado, grises estructuras que resisten el paso del tiempo y otras máquinas que permiten atravesarlo.

 

Personas y objetos que simplemente están donde quieren estar. Ellos observan al mundo con calma y nosotros los observamos a ellos.

 

Un río y un puerto, un río y sus orillas, y entre las orillas un puente... un puente para atravesar la vida.

 

Las estampas de un amanecer envuelto en el color de un río, a veces viejo, a veces oxidado, pero lleno de contrastes.

 

De lo artificial a lo natural, de su inicio a su ocaso, pasando por Sevilla. Y aunque formen parte de un todo, no puede haber más contraste entre lo natural y lo artificial, aunque se crucen en algún punto.

 

El agua, la lluvia, el camino, el río, y en cielo, íntimamente ligados, nos presentan la realidad según el azar decida, pero en todas ellas la belleza está presente. Como decía el poeta “se hace camino al andar”.

 

Un río para unirl@s a tod@s. La vida fluye por él como el agua que transporta. Como las gentes a las que atrae. Son las venas por donde circula la sangre líquida que alimenta la tierra y da de beber a la humanidad.

 

Duende, Misterio y Pasatiempo. Tres imágenes, tres conceptos, que de Sevilla y de su río nos hacen evocar la idiosincrasia de nuestra tierra.

 

¿Desde cuándo solo la luz te hace disfrutar del momento? ¿No es menos cierto que una misteriosa quietud se percibe en ese halo difuso de las brumas que envuelven las embarcaciones junto a su amarre?

 

Otros trabajos de este grupo enseñan cómo evoluciona el trabajo del coletivo.